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Marianne De Tolentino

Presidenta de la Asociación Dominicana de Críticos de Arte (AICA)
Del prólogo de "Textura del Tiempo. Fábula", 1995.

CARLOS KRAVETZ, investigador inquieto y jamás satisfecho, también funde el signo y el símbolo. Su obra es definitivamente comprometida. El toma los paisajes, los órganos, los monumentos, no a título de representación- siendo ese aspecto existente pero secundario- sino como imagen mediática de ideas y creencias. El aspira a que su mensaje se transimita y alcance al "otro", a nosotros quienes miramos y recibimos sus "Iconos". Los espacios fisicos, mentales, profanos, sagrados, propios y universales, se identifican. Una profunda angustia y el ansia de paz coexisten y motivan recíprocamente temas y objetos de la pintura. El ingrediente bíblico, hagiográfico o gnóstico en general- aquí, en la obra de Carlos Kravetz, reina una religiosidad más totalizante que especifica- se enuncia, pronto captado por el espectador, antes de que el artista lo anuncie en un apasionado autodesciframiento de su pintura más reciente. Ahora bien, la mitología individual le atrae poco, o, en otros términos, a través de su creación personal y de la intensa persecución de la espiritualidad leemos una cristalización de mitos antiguos y permanentes, de sufrimientos -el corazón puede estar literalmente desgarrado - y redenciones comunes. No nos sorprenderá que su estilo se devuelva hacia las épocas pre renacentistas y medievales. Antes de leer la carta de Carlos Kravetz, en apuntes preparatorios, habíamos notado esa filiación, ya que ciertas pinturas evocan páginas de manuscritos, en factura, en bidimensionalidad, en esmero, con sus iluminaciones, su ornamentación, su toque áureo. No es solamente una afinidad formal, penetra más lejos. El Medioevo era un tiempo de espiritualidad forzosa, de fe, de misterio, de simbiosis entre la naturaleza ( con todos sus reinos) y lo sobrenatural. El artista se siente entonces fascinado ante aquella imaginería... Si él introduce signos locales, modernos y monumentales, como el obelisco (...) , es por razones estructurales y compositivas, pero esencialmente conceptuales. El vuelve ese "símbolo" de la capital argentina, tan manipulado por el arte local, copartícipe, en su carácter cotidiano y doméstico de sus anhelos, de sus ideas-ideales, de la sublimización a reencontrar. (...)

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